Entre los 15 y 20 años, Marina adoraba bailar. Podía sentirse libre, no le importaba si la juzgaban de una manera u otra. Cuando iba a las discotecas con amigos, se subía a la plataforma y bailaba hasta acabar rendida y sofocada, hasta que casi le faltaba el aire y tenía que salir a la calle para renovar aire limpio. Bailó durante más de un año en una academia y aunque no se sentía del todo integrada en el grupo, no quería abandonar su pasión.
Eva un día decidió que no seguiría pagándole las clases y ella tuvo que dejarlo... Su madre siempre la insultaba diciendo que era una "calientabraguetas" por subirse a las plataformas a bailar, que lo que buscaba era provocar. Marina siempre pensó que no llevaba razón en eso, además su madre ni siquiera la había visto bailar nunca, no entendía como podía llegar a pensar eso.
Una mañana, Eva mandó a Marina a comprar a la carnicería que había en la esquina de casa. Marina llegó a la tienda y se puso a hablar con el carnicero como hacían cada vez que iba ella sóla o con Eva. De pronto aquel hombre empezó a hablar de una forma de la cuál Marina empezó a ponerse muy nerviosa, al cabo de un rato, quería salir de allí.
Comenzó diciéndole que había soñado con ella, que le hacía "cosas", que si su novio de aquel entonces la había tocado alguna vez y que si no lo había hecho, ella misma podría hacerlo y más palabras y frases a las que Marina no sabía qué contestar, sólo era una chiquilla de 16 años. Continuó contándole cosas de su vida sexual privadas y que incluso le era infiel a su mujer (que en ese momento no se encontraba en la tienda). Marina estaba alucinando pero se sentía incapaz de salir corriendo de allí para que ese hombre dejase de decir aquellas palabras que sonaban repugnantes de su boca.
Se quedó callada un rato y por fin dijo: "Bueno, me voy ya... ".
De camino a casa iba a paso muy ligero pensando en lo que acababa de suceder, estaba asustada, aquel hombre que parecía tan "amigable" ahora le producía un asco tremendo.
Llegó a casa con la cara desencajada y su madre le preguntó que había pasado. Le contó parte de la conversación a Eva y ésta dijo:
-Ahora mismo voy a ir, que a mí también me ha dicho alguna vez algo,quédate aquí-
Marina se quedó en casa esperando a su madre. Pensaba que quizá debía haberla acompañado para ver qué explicación daba de los hechos.
Al cabo de un buen rato llegó Eva y le contó a su hija lo que había pasado.
-Cuando he llegado estaba su mujer con él, le he dicho lo que me has contado y constantemente decía que era mentira e incluso su mujer lo ha negado, ha dicho que su marido sería incapaz de decirte algo así -
Marina insistió en que era cierto, y que además su mujer no estaba allí en ese momento.
Su madre la creyó.
Tan sólo le pidió que no le dijera nada a su padre.
Desde aquel día, Marina no volvió a mirar la cara de ese hombre cuando se lo cruzaba por la calle.
No hay comentarios:
Publicar un comentario